Carmen Sampedro

La palabra hecha verso

Neblina…

Mi madre iba cada semana a comprar a la pequeña ciudad cercana al pueblo. Una vez me preguntó si quería ir con ella y yo le dije que sí con toda mi alma. Tuvimos que madrugar mucho para coger el autocar y recuerdo que la noche me pareció eterna, tanto, que llegué a temer que el sol tomara otro camino y no pasara por la puerta de mi casa. Mi madre entró a la habitación que compartía con mis hermanos y me dijo que ya era hora de levantarse. Quedó sorprendida cuando me vio vestida, calzada con mis botas ortopédicas  y con las muletas a punto, para no hacerla esperar.

El camino hacia el coche de línea quedaba en la otra punta del pueblo y tuvimos que salir mucho antes debido a la dificultad de mis piernas para caminar. A la edad de 11 meses sufrí los estragos de la poliomielitis, un virus que quebró la infancia de tantos niños y niñas en esa época.

Con todas las dificultades que me suponía sobrevivir en un pueblo construido en un cerro donde las posibilidades de ir de un lugar a otro eran solo aptas para aptos, yo me sentía con fuerzas para salir adelante.

Llegamos a la ciudad y fuimos a desayunar chocolate con churros en un bar cerca del Mercado Municipal, donde mi madre hacía acopio de todo lo necesario para la semana. Mis padres tenían un bar y era costumbre que las bebidas fueran acompañadas por algo de comer “tapas” y por este motivo era necesario tener una buena provisión de pescado, carne y otros productos para el establecimiento.

Nunca he sentido que mi madre aceptara mi enfermedad. Dicen que para evitar el sufrimiento se suele mirar hacia otro lado y mi madre siempre lo hacía. Es comprensible, que después de dos varones, nace una hembra y al poco tiempo, antes de que diera los primeros pasos, no pudiera dar ninguno. Ella negó mi enfermedad y yo aprendí también a negarla cuando estaba a su lado. Siempre me esforzaba al máximo para disimular la impericia con la que mi cuerpo se desenvolvía, al compás de las muletas, como una procesión.

Después del desayuno nos dirigimos a las paradas habituales donde mi madre solía comprar y las dependientas, alababan mis hermosas trenzas, mis ojos negros como la pez, mi sonrisa, y qué suerte, después de dos varones, el cielo te ha regalado una estrella. Yo sonreía con algo de vergüenza y pensaba qué es agradable que te digan cosas bonitas. Mi madre no tuvo valor para asentir en nada de lo que decían de mí, antes bien, mostraba tal desinterés que las mujeres cambiaron de tema.

Ojos negros, pelo negro, tez oscura…botas ortopédicas, muletas, las piernas torcidas como mi sino…

En la parada del autocar, pasó junto a nosotras, una niña de mi edad, acompañada de su madre o algún familiar y mi madre llama mi atención: “Mira qué chiquilla tan preciosa, con ese pelo rubio como el trigo y qué piernecillas tan derechas, fíjate qué caminar tan lleno de gracia”. Después, llegó el silencio. Siempre que el grito nos ahoga viene el silencio a salvarnos.

El camino de regreso me pareció el más triste de los caminos. Sólo recuerdo que no quería volver a casa. Ni siquiera pude pensar si habría algún lugar en el mundo donde la tristeza que me envolvía como una neblina, se disiparía.

Aún recuerdo a la niña rubita y sus andares primorosos que con sus ocho años, dejó a mi madre prendada.

Aquel suceso quedó confinado en el lugar donde van a parar las lágrimas. Un espacio gélido, huérfano de sol como una caverna.

Este hecho es el primero que recuerdo; después llegó el desamparo, más tarde la culpa, sin que aún haya encontrado la forma de redención.

Todo es niebla…

Mira qué niña tan preciosa, es de tu edad y fíjate qué piernas tan derechas y qué gracia al caminar.

 Después, la cautividad del silencio.

Carmen Sampedro

Linares 2014

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