Carmen Sampedro

La palabra hecha verso

OTOÑO: LUZ ENTRE LAS SOMBRAS

Querida amiga:

Te escribo en esta plácida tarde de otoño donde todo el paisaje me invita al recogimiento y quiero desnudar mi alma como la rama se desnuda de la hoja. Me fascina observar el proceso de la naturaleza donde el árbol renuncia a su antiguo ropaje, se despoja de todo abrigo para cuando llegue la primavera, lucir de nuevo sus delicadas prendas. Tú mejor que nadie conoces mi gusto por la lírica, y mi tendencia al silencio en los momentos especiales. Este es un instante donde mi corazón se dispone a elegir las palabras más precisas y preciosas para que te lleguen con la suavidad de una brisa.

Considera esta carta como una señal de que estoy recuperando las ganas de escribir y como una muestra de agradecimiento a la ternura y cuidados que has dispensado a mis hijos y a mí durante una época de mi vida en la que tanto necesitaba la fuerza y el amparo de la amistad.

Me gustaría tener la sabiduría del árbol que se despoja de sus hojas quemadas por el sol y tiene el coraje de desprenderse de ellas y permitir que aflore savia nueva. Cuántas veces llevamos en nuestra alma hojas enmohecidas, hojas que han perdido la tersura, el color, y que se convierten en una masa compacta deteniendo el vuelo natural del alma.

Durante demasiado tiempo he sentido esa carga pesada en mi alma esperado primaveras que no llegaban. Recuerdo el día que me sorprendió hasta llorar de emoción la aparición de un retoño de árbol en el jardín de casa. Era un ciruelo que no llegó a crecer mucho y sin embargo me ha ayudado tanto a crecer…Cada estación del año me revelaba un secreto, me aleccionaba con su ejemplo cómo debía seguir cuidando de mis raíces. En otoño, mi árbol guardaba silencio y se preparaba para el duro invierno…con la esperanza de la primavera. Sin embargo, no siempre estaba yo atenta a sus enseñanzas. Mis inviernos no traían esplendor…

Bien sabes querida amiga, que me refiero a una etapa determinada de mi vida, la más importante y la más dolorosa.

Todo parece sencillo: conoces a un hombre, creas un hogar, nacen los hijos y lo haces todo con esa ilusión, con esa alegría que nace del corazón y que parece lo más hermoso que vas a hacer en tu vida. Le das valor a tu casa, a la responsabilidad que conlleva vivir con otra persona que además y por encima de todo quieres con toda tu alma…después llegan los hijos y con ellos la bendición de Dios: “Tu mujer será como una vid cargada de uvas; tus hijos, alrededor de tu mesa, serán como retoños de olivo…” qué hermosas palabras y qué sentimiento tan sublime.

Los hijos alrededor de la mesa, dando gracias por el pan de cada día, con sus ilusiones, sus juegos, las manos de su madre acariciando su delicada alma…y la sombra, el miedo, la amenaza, más sombra, más miedo, más… todo menos el cariño y el amparo de su progenitor.

Dime amiga mía,¿ cómo es posible entender esta paradoja, esta tragedia? Tú sabes cuánto tiempo he dedicado a pensar desde todos los puntos de vista posibles a qué se debía lo que estaba ocurriendo en mi hogar. Cuántas tardes, noches, mañanas, dando vueltas sin hallar explicación ni respuesta a ese sufrimiento. Mis hijos alrededor de la mesa, qué imagen tan hermosa, dando gracias por el pan y el pan era piedra que los atragantaba.

A veces nos ocurre a los seres humanos, que cuando no entendemos por qué no nos quieren, nos sentimos culpables e intentamos redimir nuestra falta, error o si me apuras pecado, cambiando nuestra forma de actuar, para comprobar si de esta manera somos dignos de que nos quieran. Si antes estabas pendiente de las cosas, ahora no se te escapa un detalle, hasta te vuelves más reservada (para no equivocarte), si la casa estaba limpia, más limpia, si los niños molestaban los acuestas temprano, si tenían ganas de hablar o de jugar, les condicionas el momento para que nada altere al hombre que nos tiene atemorizados.

Recuerdo querida amiga, cuántas veces me decías que dejáramos nuestro hogar, que nos ofrecías tu ayuda, tu casa, los cuidados; que no estabas tranquila sabiendo que nuestras vidas corrían peligro. A veces yo me enfadaba contigo porque sentía que me presionabas a dejar mi hogar y al hombre que tanto había querido. No se trata de irnos a tu casa, te contestaba. Se trata de que tengo que saber por qué pasa lo que está pasando. Ahora comprendo cuán grave fue mi error. Es como si la casa se prende fuego y yo me dedico a pensar en las causas del incendio en vez de salir corriendo… Cierto es que el fuego mismo hace que te alarmes, es un peligro que todos sabemos existe y también conocemos sus consecuencias, pero es impensable reconocer que estás en peligro viviendo con una persona con la que has creado unos lazos de amor, con la que has establecido un proyecto de vida, de la que has concebido unos hijos…

Es increíble el sufrimiento que podemos llegar a soportar las personas e increíble también la capacidad de ocultar ese dolor, de negarlo o encerrarlo en el lugar más recóndito de nuestra alma, para sobrevivir. Intentas cada día superar el día, no un obstáculo, un peligro concreto, superar un día entero con su noche, también entera. Sin tregua, sin intervalo, sin armisticio. Sin un segundo donde la hostilidad, la contienda, la agresión se suspendiera, cesara, para tomar conciencia de qué ocurría en mi hogar y tomar decisiones que ayudaran a cambiar el estado de supervivencia, por el de una vida sin extras de resistencia. En ocasiones, cuando veía o escuchaba noticias sobre la guerra, o cualquiera de las muchas injusticias que suceden en el mundo, sentía que mi hogar estaba en peligro como si se tratase de una invasión enemiga, y no era otra cosa que el asedio de un hombre que pretendía destruir los pilares de su propia casa. Con el tiempo me convencí de que teníamos al enemigo cerca; acechando, asediando cada movimiento y haciéndonos pagar el hecho de existir como si nuestras vidas dependieran de su voluntad. Un cerco del cual sólo te puedes librar huyendo de esa voluntad malvada.

Nunca olvidaré el día que nos fuimos de casa. Esa tarde ocurrió un hecho, que me hizo reconocer el riesgo que corríamos si permanecíamos más tiempo allí. Te llamé por teléfono con el grito en la garganta y me dijiste que esa misma noche tendríamos un destino lejos de casa y de la ciudad. Fue entonces cuando me di cuenta de que teníamos que huir como del fuego. Había que alejarse deprisa, el peligro era inminente.

Ya no me servían los argumentos, ni las reflexiones; me había quedado sin palabras, sin fuerzas para combatir en el campo de batalla defendiendo lo indefendible. Teníamos que salir corriendo, sin equipaje, sin alertar al enemigo, sin mirar atrás… cruzar el umbral, sólo eso y darnos la oportunidad de sanar nuestras alas enfermas y volver a planear por otros cielos. En la puerta de casa nos esperabas con tu coche y nos llevaste a la estación. Mientras esperábamos el tren, miré al cielo y pensé que su manto nos cobijaría durante la noche. Los niños estaban nerviosos por la rapidez con la que salimos de casa y a la vez expectantes por la aventura. No tardaron mucho en dormirse con la monotonía del tren. Yo observaba sus leves movimientos y rezaba en silencio un padrenuestro y otro… “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”.

Amanecimos en la estación de Linares Baeza donde nos esperaban tus padres. Nos bajamos del tren casi de un salto. Lo primero que hice fue pensar en ti y agradecerte en silencio y desde el corazón esa mano amiga al servicio de los milagros (sonrío).

Al día siguiente, como recordarás, te llamé y me dijiste que no me preocupara que todo el tema de la separación estaba en manos de nuestra compañera de gabinete. El proceso está siendo duro, lo sabemos, pero el cerco, el asedio en si mismo es una cadena perpetua; así pues confío en la justicia y en la vida.

En casa de tus padres estamos muy a gusto, llevamos ya seis meses con ellos y no quieren ni que piense en irnos a vivir a otra casa. Me conmueven las muestras de cariño que cada día recibimos de ellos y lo feliz que veo a mis hijos en su nueva vida.

Me llamó la atención, querida amiga, que de pronto, casi al instante, el cuerpo y el alma notaron el aire nuevo y sano del nuevo lugar y lo agradecieron volviendo a dibujar una sonrisa, tararear una canción, valorar los miles de detalles que te ofrece el día a día y sembrando con esperanza el futuro. También he notado que el miedo al escuchar la llave que abre la puerta de la calle, va desapareciendo poco a poco. Eso es lo que más me está costando vencer. Cada vez que escuchaba ese leve ruido, se me contraía el estómago como si tuviera un piloto automático y el miedo me paralizaba.

Cuando veo a tus padres tan cariñosos con nosotros y los escucho destacando algunas de las virtudes de mis hijos, por ejemplo, lo educados que son, lo simpáticos, lo guapos, pienso en la pesadilla en la que hemos vivido, siento que casi hemos estado a punto de perder la visión de nosotros mismos, no te diré pérdida de identidad, pero a base de machacarnos, en cierto modo nos ha quedado una imagen distorsionada. Verás que hablo de los niños y de mí como unidad, como un todo y se podría pensar que seguramente con ellos haría una excepción por ser sus hijos. Podría haber sido así, pero no lo fue. Para el dañino todos éramos una y la misma pieza. El depredador desestabiliza a una de sus víctimas a sabiendas de que todas se descomponen.

Esta carta te la debía, me la debía, se la debo a esta misteriosa estación otoñal donde la luz invita al recogimiento, una luz que me hace sentir especial, como un ángelus, como un cuadro de Rembrandt cuya imagen o figura, brilla entre las sombras…también se la debo a mi árbol que aunque no lo tengo conmigo, quiero que sepa que al final aprendí la lección: es necesario despojarse de todo aquello que nos impida retoñar, cuando la primavera pase por nuestra alma.

Espero que mis palabras sean como mi voz, esa que siempre comparas a la campana de una ermita y darte la alegría del compartir que es nuestro mayor gozo.

Recibe un abrazo entrañable en nombre de nuestra amistad.

Tu amiga del alma…

Carmen Sampedro Frutos

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